2004Diciembre - Poesia y Poemas
Se desprendió mi sangre para formar tu cuerpo.
Se repartió mi alma para formar tu alma.
y fueron nueve lunas y fue toda una angustia
de dÃas sin reposo y noches desveladas.
Y fue en la hora de verte que te perdà sin verte.
¿De qué color tus ojos, tu cabello, tu sombra?
Mi corazón que es cuna que en secreto te guarda,
porque sabe que fuiste y te llevó en la vida,
te seguirá meciendo hasta el fin de mis horas.
Quisiera tener varias sonrisas de recambio
y un vasto repertorio de modos de expresarme.
O bien con la palabra, o bien con la manera,
buscar el hábil gesto que pudiera escudarme…
Y al igual que en el gesto buscar en la mentira
diferentes disfraces, bien vestir el engaño;
y poder, sin conciencia, ir haciendo a las gentes,
con sutil maniobra, la caricia del daño.
Yo quisiera ¡y no puedo! ser como son los otros,
los que pueblan el mundo y se llaman humanos:
siempre el beso en el labio, ocultando los hechos
y al final… el lavarse tan tranquilos las manos.
Ni me entiendo ni me entienden;
ni me sirve alma ni sangre;
lo que veo con mis ojos
no lo quiero para nadie.
Todo es extraño a mà misma,
hasta la luz, hasta el aire,
porque ni acierto a mirarla;
ni sé cómo respirarle.
Y si miro hacia la sombra
donde la luz se deshace,
temo también deshacerme
y entre la sombra quedarme
confundida para siempre
en ese misterio grande.
“La vida es ciervo herido
que las flechas le dan alas.”
Góngora
Me levanté hasta el sueño. En busca iba
de no sentir la herida que abrasaba.
Las duras flechas del dolor hicieron
brotar en mà el clavel de nueva llaga.
Corriendo al par carrera con el viento
y perseguida por amante llama,
la vida es ciervo herido sin remedio,
que las flechas le dan veneno y alas.
Los brazos que te han llevado,
no te dejan escapar
para volver a mi lado.
Nos separa un ancho mar
de difÃciles tormentas,
y náufrago has de llegar,
si es que vuelves a mi puerta,
para quererte salvar.
Brazos que te sujetaron
para alejarte de mÃ,
¡a mà sà que me salvaron!…
Cuando ya no sepa de ti
¡qué bien estaré en la vida!,
cuando ya no sepa de ti.
Cuando no vuelvas a verme
y mis horas sean mÃas
y yo vuelva a ser quien era
lejos de tu compañÃa:
Cuando no te vean mis ojos,
¡qué bien me sabrá la vida!
No faltará quien se alegre…
Unos, porque no me quieran,
y alguna porque me quiere…
Tan sola no me has dejado,
que estoy conmigo y me basta
-igual que siempre lo he estado…
Alguien dijo que «la risa
es la gran enterradora».
Algo se me está enterrando
porque rÃo a todas horas.
Eran verdes como un mar,
con reflejos de alto cielo.
-¡Qué bien sabÃan mirar!-
unos ojos que recuerdo.
En la penumbra lucÃan
con una luz de misterio,
como dos claros abismos
abiertos a mil deseos.
Muchas horas tuve cerca
los ojos verdes aquellos,
que implorantes me miraban
¡y yo hacia por no verlos!
Y hoy que mirarlos quisiera,
están tan lejos…, ¡tan lejos!

