2005Junio - Poesia y Poemas
de Emilio Gastón
Hoy me he dado de bruces
con tu ángel,
borracho en una tasca:
Olivitas rellenas, chorizo riojano,
tinto de Cariñena.
Burocráticamente hablando,
tu ángel se ha hecho ficha
de señor que revienta en los tranvÃas,
mientras tú, soldado de hace años,
marivioleas por el campo con tus hijos.
Duélete todo, lo sé.
Duélete el mar, la torpe hipocresÃa,
los mansos ciudadanos, la agonÃa
de tanto pobre hombre. Yo lo sé
y por eso te tengo entre mis labios.
Tu ángel juvenil se ha puesto gordo
de hacer con tu bondad su melodÃa.
Te he visto envejecer entre mis manos,
mis caricias –tus manos me abrazaban
un dÃa y otro dÃa- sin poder detenerte,
detenernos.
Tus ojos querÃan para mÃ
las cosas dulces, suaves,
aunque tú ya sabÃas lo violenta,
dura y desolada,
que está la vida. Y una vez,
y otra vez, me hablabas del camino.
Y ya hoy
-Ana y Ãngela, mis hijas,
te recuerdan- te veo como nunca lo hice:
Agobiada por años y más años,
por palabras y ausencias,
por dolores.
Quisiera para ti
toda la paz del mundo. Toda la paz
que no pudimos darte.
Este tiempo. La lluvia.
Nadie venÃa a verme por la tarde
y el corazón
opuesto a las palabras,
rendÃa su homenaje silencioso.
Lejos hablaba el mar, la noche.
Siempre los pasajeros
sienten terror del cielo
y nadie representa la comedia
con el tono de voz apetecido.
SeguÃa el agua golpeando
y nostálgicos paraguas
redimÃan la aurora.
Vengo del aire o nunca
decÃas con tus labios
y más allá, muy lejos,
respiraban los hombres su deseo.
Cada encuentro sucede
apetecido. Todos tienen temor,
es algo repentino.
Y encuentro el horizonte,
el sol guillotinado.
Nostálgico recuerdo.
Ahora y llueve digo
como amor sin palabras:
Sucede le pensamiento.
de Vicente Cazcarra
Hoy he visto a tus padres, cuando volvÃa a casa.
Él me miró en silencio,
con los ojos perdidos del hombre que trabaja,
dÃa y noche, en los trenes. Ella, tu madre,
me anunció tus treinta años –igual que yo- cumplidos,
y tu hermana tenÃa ardor y rabia en las palabras.
Repetimos la historia, tu silencio;
la voz que conocimos ya no existe
y sin embargo, sabemos que envejeces, igual que yo
-soy calvo y apunto para padre-, dÃa a dÃa.
Me hablaron de tus manos, de tus pies…
Los dÃas pasan lentos, uno a uno,
pero dañan y llagan y hacen hueco
y sombra sobre el alma.
Recuérdote
sentado en el pupitre, allá en la vieja aula,
hablando sobre Dios y la justicia,
viendo llegar el cierzo. Cada dÃa que pasa
se te marca –también a mÃ- la llaga
del hombre acorralado.
Es doloroso, ya ves,
saberte casi muerto en medio dela vida.
Tu padre dijo adiós. Tu madre
repitió tus treinta años, y tu hermana
me aviolentó de golpe con tu hombrÃa.
Se han marchado todos
y nadie ha vuelto
para cerrar la puerta.
Esta, vieja y desguazada,
golpea contra el viento
en las noches de asombro
como si nadie la quisiera oÃr,
como si todos los páramos del tiempo
se encerrasen aquÃ,
sobre estas galerÃas de casas agrietadas.
Y lejos,
más allá de las últimas carrascas,
alguien recuerda la cama
donde fue concebido con tristeza.
de mi padre
Hoy marzo y siete. ¿Recuerdas? Yo recuerdo.
Soy vivo y te recuerdo: Ãntegramente puro,
siempre igual. Diste la mano a quien te dio la mano
y arrancaste el odio a quien te odió de espaldas.
¿Recuerdas? Ya casi primavera, olor a campo,
en las viejas ventanas del colegio –alguien dijo
que tu labor no fue importante.
¡Hay cosas, padre, que son mejor
guardarlas en silencio! –Alumnos con charangas
saludaban tu paso. También tu muerte –fuimos todos
contigo al cementerio- y veÃan tu pureza total
y sentÃan tu voz contra sus frentes.
Hoy ya marzo, otra vez, tanto tiempo te has ido
que recuerdo el dolor que te produjo
amar la libertad como la amaste.
¡Hermano, hoy estoy en el poyo de casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
……………………………………………………….
Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.
César Vallejo
Miguel: Y caminamos.
Aunque se hizo el silencio
y no viniste, seguimos caminando.
Atruena la ciudad.
Los verduleros –sus voces tan hirientes
ya no hieren- bajo tu ventanal
suavizan a desgarros la mañana.
Atruena la ciudad
y en su silencio, tu nombre lo ha evocado
un joven escritor
de menos de mil años
al preguntar por dónde te has marchado.
El resto,
los señores de alegres corbatines,
se agobian de queridas y de acciones
y tu te quedas
solo.
Mamá
quiere besarte sobre el rostro
-se lo hemos permitido-
y con su beso de lágrimas,
de atroces tiempos y recuerdos,
te has marchado de casa
apenas comenzaba a atardecer.
Ella
te llora en los rincones
y la ciudad,
que apesta a soledades y decoros,
no puede olvidar
tus voces acusando,
amando,
señalando injustas manos rotas
de jóvenes airados
con potencia de águila paloma en las palabras.
Miguel:
mamá te vuelve a descubrir
cada mañana
y mira tus camisas,
tus viejos pantalones,
tu boina de domingo,
tus zapatos de campo y de paseo
y te gesta de nuevo,
esta vez a lágrimas y llanto.
Mi hija
-Ana pequeña ahijada tuya-
me pregunta cuándo vas a nacer
de nuevo,
para volver aquÃ, a nuestro lado.
Y todo el gesto duro
de la vida,
se vuelca en mi costado
dañándome la ausencia
conque nos has dejado

