2006Enero - Poesia y Poemas
(A Sufi)
¿Y qué decir ahora de aquel valor atolondrado
que disputaba al viento su propia primacÃa
haciendo todo en uno el presente, el pasado,
la misma libertad?
Las Lejanas hogueras brillando en los parajes
en tanto que tú y yo, solitarios, resurgimos
como lobos hambrientos tras los verdes ramajes
con rugir de metal.
A lo lejos el ansia de los montes azules,
los roquedales cárdenos bajo la tarde gris,
los palomos pintados sobre un campo de gules
en búsqueda de amor.
Envejecemos juntos y juntos proseguimos
con esta bárbara costumbre de sobrevivir,
contra el viento de frente o el halago o los mimos
o la flecha del sol.
Pasaron ya los tiempos de saltarse las zarzas,
de vadear los rÃos entre guijarros deslumbrantes,
de evitar la amenaza de abejas o de garzas
en pascual procesión.
En tu crin portentosa te ha salido una cana
y se une a las mÃas con la misma vejez.
Caballo hermoso y mÃo, tu cabeza es humana.
También tu corazón.
Somos como el centauro, sólo un cuerpo de amigos,
un cuerpo prodigioso ensamblado hasta su fin.
Envejecemos juntos entre mieses y trigos
con la misma dulzura que la flor del jardÃn.
Los Dioses Derrotados (Ed. Visor, 2000)
Antes de meter la cabeza
en el horno de gas
te conocà una tarde
en que cortabas leñas menudas
para encender el fuego en el invierno.
Estabas reclinada con el hacha
que reposaba encima de la minifalda
y eras la obscenidad del paraÃso
más deliciosamente hecha serpiente.
Tu madre no sabÃa en aquel tiempo
la rara enfermedad de tu cerebro.
Y ni yo mismo imaginé, al saberte
tan pronunciada de cadera y muslos,
que un gusano muy lento caminaba
en tu sangre.
Cuando te và en el hospital atada
de pies y manos sobre la camilla
no parecÃas la misma. Y no lo eras.
El diablo del espÃritu habÃa invadido
hasta las mismas raices del cabello,
en otro tiempo firmes y sedosas.
Nadie tuvo la culpa o quizás sÃ.
Quizá fue predecible tu locura
y no supimos leerla en ese instante.
Luego, cuando asfixiaste tus pulmones
lo mismo daba saber que no saber.
Sólo puedo decirte, tras tu muerte,
que nunca enciendo el fuego de la hoguera
más que con viejos papeles de periódicos.
(Poema inédito proporcionado por el autor)
Una vez planté un ciprés.
De mi tamaño.
Verja le dÃ, no tapia.
Agua y luz.
Malvarrosa cobijo en las adelfas
y sobre el ficus verde compañÃa.
Lo và crecer
llamado a ser más alto
que mis generaciones,
varón y hembra a la vez
capaz de autoengendrarse.
Le và mirarme
por las rendijas de la luna enorme,
en solitaria noche descampado,
y abrazarse a mi cuerpo como enjuto
perro de caza anclado en sus raÃces.
Nacidos juntos y a la vez diversos
ninguna muerte iluminó su sombra
ni fundaron en él los cuerpos nido.
Me dio lo que le dÃ:
origen y conciencia de la belleza arbórea.
Era un ciprés para la vida.
Sube la espuma del champagne : con ella sube
el ansia del amor ya turbia y desbocada.
Una mano azarosa derriba la botella
y los regueros del champagne, fundidos,
son burbujas que alfombran nuestros cuerpos
rendidos y anhelantes, en donde mecemos
la persuasión de vida que alivie nuestra nada.
Sueño sin ser son estos brazos que ciñen
tu cintura, que acarician tus altos pechos
y desembocan en el insomnio del placer.
Vida inconsciente, pero al cabo vida
que se anega en alcohol y en desengaño.
Toulouse-Lautrec pintaba monstruos
en el Moulin : nos pintaba a nosotros.
(Poema inédito proporcionado por el autor)
Las cosas no las sabes hasta decir su nombre
y aunque los nombres sean más bellos que la vida
la vida es lo que existe, no el nombre de las cosas,
y aun algunas suceden sin saber pronunciarlas.
Poco sabes entonces de los hechos reales:
tus palabras son pocas para tantos mensajes
que lanzan los sonidos, que aprisionan colores,
que reclaman perfumes, matiz, sabores, tacto.
La poesÃa es bella y es gloriosa y es triste
porque intenta imposibles con espadas marchitas,
porque vive en los sÃmbolos remotos del objeto
y efÃmero es su sÃmbolo: el borbotón del agua…
La poesÃa se hunde en un agua estancada
y se eleva y convierte en emblema del aire:
vuelo fugaz del hombre cuando eleva su vista
y trasforma sus labios en gigantescas alas
de palabra armoniosa. Salvación de suicidas.
Je ne suis jamais seul
avec ma solitude.
G. MOUTASKI
Puedes venir si quieres.
Mejor no te engañes, sin embargo.
El invierno, ya sabes, es duro en esta casa
y la humedad dibuja anchos mapas hostiles
en todas las paredes
con ruda indiferencia hacia los huesos.
Y yo soy puntilloso y no permito
que te comas la fruta del frutero
o que naufragues en mi almohada
robándome tus brazos entre sueños.
Y menos que me quemes las cortinas
con esa ciega vocación suicida
con la que fumas todos tus cigarros.
Asà que ven si quieres, Soledad,
y quédate a mi lado si tanto te apetece;
pero luego no digas que te obligo
a nocturnas juergas inconfensables.
Soy un amante infiel
y sólo sé estar solo cuando tú me acompañas.
Y de noche seguir
con el puñal cerrado entre los dedos.
Hundirme por el bosque,
sintiendo en las espaldas ojos de aves nocturnas.
Tener el arma fija,
escuchando el resuello de las fieras.
¿No es acaso la vida esa emoción
que estas estatuas muertas nos han arrebatado?

