2006Abril - Poesia y Poemas
Ayer, el cielo azul, la mar en calma
y el sol ignipotente y cremesino,
y muchas ilusiones en mi alma
y flores por doquier en mi camino.
Mi vida toda júbilos y encantos,
mi pecho rebosando de pureza,
mi carmen pleno de perfume y cantos
y muy lejos, muy lejos, la tristeza.
Ayer, la inspiración rica y galana
llenando mi cerebro de fulgores;
y tú, sonriente y dulce en tu ventana,
hablándome de dichas y de amores.
Ayer, cuanto era luz y poesÃa,
las albas puras y las tardes bellas
henchidas de sutil melancolÃa,
y las noches pletóricas de estrellas…
Y hoy… la sombra y el ansia y el desierto,
perdida la esperanza, y la creencia,
y el amor en tu espÃritu ya muerto,
y sembrada de espinas la existencia.
¿Qué te acongoja mientras que sube
del horizonte del mar la nube,
negro capuz?
Tendrán por ella frescura el cielo,
pureza el aire. verdor el suelo,
matiz la luna.
No tiembles. Deja que el viento amague
y el trueno asorde y el rayo estrague
campo y ciudad;
tales rigores no han de ser vanos…
¡Los pueblos hacen con rojas manos
la Libertad!
II
¡Cuáles piernas! Dos columnas de capricho, bien labradas,
que de púas amarillas resplandecen espinosas,
en un pórfido que finge la vergüenza de las rosas,
por estar desnudo a trechos ante lúbricas miradas.
Albos pies, que con eximias apariencias azuladas
tienen corte fino y puro. ¡Merecieran dignas cosas!
¡En la Hélade soberbia las envidias de las diosas,
o a los templos de Afrodita engreÃr mesas y gradas!
¡Qué primores! Me seducen; y al encéfalo prendidos,
me los llevo en una imagen, con la luz que los proyecta
y el designio de guardarlos de accidentes y de olvidos.
Y con métrica hipertrofia, no al azar del gusto electa,
marco y fijo en un apunte la impresión de mis sentidos,
a presencia de la torre mujeril que los afecta.
Al fin te asomas entre las nubes,
al fin te asomas y a verte voy…
Estrella mÃa que a oriente subes
¿qué tal te ha ido de ayer a hoy?
Toda la tarde lloviendo estuvo,
toda la tarde, para mi mal,
por las regiones del aire anduvo
rodando nieblas el vendaval.
¡Ah, no es posible que yo te diga
cuánto he sufrido, cuánto temÃ
que no pudieras, mi dulce amiga,
con este tiempo brillar aquÃ!
Tú eres el solo consuelo mÃo,
tú me recuerdas mi grato ayer,
tú eres mi sueño, mi desvarÃo…
Cuando me faltas no sé qué hacer.
A tu destello se alzan dos frentes
y se coronan de resplandor,
tú eres la cita de los ausentes…
¡Yo te bendigo, cita de amor!
Cuando no vienes, estrella, gimo;
tú eres mi solo, mi solo bien,
tú eres el beso que yo le imprimo
todas las noches sobre la sien.
Tu luz, calmando mi amargo duelo,
dentro de mi alma se hace canción;
tu luz, efluvio de flor de cielo,
trasciende a esencia de corazón.
Dime, Lucero, tú que la viste,
si la encontraste pensando en mÃ,
si estaba alegre o estaba triste…
Habla, Lucero… contesta, di.
Habla, Lucero; tu voz escucho.
¿Acaso estaba durmiendo ya?
¿Acaso estaba soñando mucho?
¿Leyendo un libro de amor quizá?
¿Quizá en un claro del bosque umbrÃo
cogiendo rosas para el placer
o en la ventana mirando el rÃo,
mirando el rÃo correr, correr?
¿Siguiendo la ola que en las riberas,
que en las riberas parece hablar,
y en las neblinas de las quimeras
dejando su alma volar, volar?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Cuando distantes los dos estemos
y eche la sombra su gran capuz,
allá en el éter nos juntaremos
al par mirando la misma luz.
Eso juramos cuando partiste,
cuando el destino nos separó.
Y hoy he sabido que no cumpliste…
La misma estrella me lo contó.
¡Adiós, amigo, adiós! ¡El sol se esconde,
la luna sale de la nube rota,
y Eva me aguarda en el estanque, donde
el cisne nada y el nelombo flota!
Voy a estrechar a la mujer que adoro.
¡Cuál me fascina mi delirio extraño!
¡Es el minuto del ensueño de oro
de la cita del ósculo en el baño!
¡Es la hora en que los juncos oscilantes
de la verde ribera perfumada
se inclinan a besar los palpitantes
pechos desnudos de mi dulce amada!
¡Es el momento azul en que la linfa
tornasolada, transparente y pura,
sube hasta el blanco seno de la ninfa
como una luminosa vestidura!
¡Es el instante en que la hermosa estrella
crepuscular se asoma con anhelo
para ver a otra venus que descuella
sobre el húmedo esmalte de otro cielo!
¡Es ya cuando las tórtolas se paran
y se acarician en los mirtos rojos,
y los ángeles castos se preparan
a ponerse las manos en los ojos!
Tan abierta de brazos como de piernas,
tocas el arpa y ludes madera y oro.
Dejo al mueble la plaza por el decoro
y contemplo caricias a hurgarme tiernas.
A tu ardor me figuras y subalternas
en la intención del alma que bien exploro,
y en el roce del cuerpo con el sonoro
y opulento artefacto que mal gobiernas.
Y tanto me convidas, que ya me infiernas;
y refrenado y mudo finjo que ignoro,
para que si hay ultraje no lo disciernas.
Por fiel a un noble amigo pierdo un tesoro…
Tan abierta de brazos como de piernas,
tocas el arpa y ludes madera y oro.
Infeliz el cónyuge, ¡ay del que se fÃe
de joven hermosa, dulce y hechicera
en brazos de un mozo que apriete y porfÃe!
Ella dulcemente mueve la cadera,
y él no mira cosa que la contrarÃe,
y en los pardos bucles de la cabellera
una flor de fuego bruscamente rÃe.
Y la esposa baila con los senos fuera
y él no mira cosa que la contrarÃe,
y en los pardos bucles de la cabellera
una flor de fuego bruscamente rÃe.

