2006Diciembre - Poesia y Poemas
En los claustros, al norte de Manhattan,
existe un unicornio en cautiverio.
Preso en los tapices franceses
del siglo XVI,
alanceado,
mordido por los perros,
golpeado por los amos de los perros,
galopa entre los muros
y se duerme de pie.
Suena el cuerno de caza de Manhattan,
el subway cuarteado de grafitos.
Las flores del patio de Los Claustros
tendrán este verano
su áspera reunión de adormideras
y colores.
Arriba del ombligo de Manhattan,
cerca de las cuatro de la tarde,
el unicornio luce
ya libre del acoso,
radiante y feliz sobre las sedas.
Una doncella le acaricia
el cuerno de marfil
(a los unicornios se les conoce
por sus buenas intenciones)
—Andirú, andirú,
brama la bestia pura
y miles de espejos se desprenden
de las Torres Gemelas.
—Andirú, andirú,
y toda la ciudad se estremece de gozo.
En las tardes,
cuando los hombres besan
a sus mujeres
por las calles
y se hacen el amor
como jóvenes bestias.
Cuando los que practican
este duro oficio de inconformes
convierten los cafés
en las repúblicas
del ocio y la utopÃa.
Cuando se enciende en las ventanas
el relámpago gris
de la televisión
y en las casas antiguas
se advierte una nostalgia
de pianos en desuso.
Entonces la ciudad lleva en su pulso
un rÃo de mariposas
y el solitario de las plazas y las calles
ve su juventud nunca gozada
pasar en otros cuerpos
ágiles y fuertes.
La guerra está lejana
y el veterano ha conquistado
el derecho a vivir entre nosotros.
¡Quién como nosotros,
los que volvimos de la guerra
y nos labramos
un brillante porvenir de veterano!
Allá, cerca del mar,
entre las tierras vÃrgenes,
en las islas ajenas,
florece el rostro
de nuestro compañero.
La barba adolescente
de hierba en primavera
y en los ojos abiertos
el vuelo suspendido de los pájaros.
En las botas que un dÃa pisaron fuerte
han crecido los juncos,
el trébol de la suerte.
Pero nosotros,
los que volvimos de la guerra,
nunca tendremos el destino
de tronco renacido en los pantanos.
La madrugada
en que los gallos se volvieron locos
y la Torre de Pisa
fue mutilada por cantar
cantares de Ezra Pound.
La noche
en que los gatos desollados vivos
por el celo
arañaban el aire del tejado
y el amante de la adúltera
abandonaba el lecho tibio
para que el engañado descansara
la fatiga y el asma de la fábrica.
El dÃa
en que la tierra envejeció mil años,
cuando Hiroshima se quemó de pronto
y los dorados delfines del dólar
se orinaron de gusto.
La hora
en que el amor no pudo continuar
su acompasado navegar,
su eterno navegar de cuerpo a cuerpo,
porque el pulmón azul del agua
se hizo fuego y flor,
alucinante flor de fuego.
Nunca el vino de Europa
después del último verano
de la guerra
fue más sangre del hombre.
Los que tornábamos del frente
mordÃamos en las uvas
los labios
de nuestros compañeros muertos
y el trigo de los campos
nos recordaba el pelo
del último soldado acribillado.
Fue entonces
cuando la paz pesada
como el agua de múltiples cuchillos
nos quitó el estandarte;
nos cubrieron el pecho de medallas
y nos dejaron solos,
con el rencor ardiendo.
Somos chispas nostálgicas
de la hoguera que un dÃa
habrá de reencender su llamarada.
El hombre que despierta y ve su imagen
reflejada en el fondo del espejo,
retorna de otro mundo;
es un resucitado entre los muertos.
Resurge de la cama
destruyendo los montes de las sábanas;
el sueño se desploma de un último aletazo,
los elásticos muslos
generan nuevamente
antiguos ademanes.
Los párpados hinchados,
oceánicos, dolidos
por monzones de pájaros sin rumbo.
Oye voces domésticas,
ruidos difusos,
andamiajes de música y palabras.
Afuera el dÃa,
semejante a una araña
de luz y de sonido,
recomienza a trepar entre las casas.
Duerma la virgen su pasión secreta.
Sueñe con su preñez la joven desposada.
Tal para cual, en el espejo,
el cornudo se adorne de laureles.
Tres veces ha cantado el gallo
para el amigo tránsfuga.
Dueños de la verdad, los conjurados
repinten en las bardas su anatema.
Oiga pasos de amor sobre el tejado
la viuda insatisfecha
que se extingue en su propia calentura,
en su veneno arácnido y nostálgico.
El agua se edifica,
se eleva del aljibe
y desciende doméstica.
Ya encuentran acomodo
los antiguos dolores,
se clavan, se difunden, aletean
en la jaula de huesos.
Para los desterrados
de rangos y fortuna
no haya sino descanso a medias;
sal en los ojos que en la madrugada
dejan el sueño;
no haya sino placer apresurado,
alcohólico jadeo,
hojas de té para empezar el dÃa.
Desconcertado es el tiempo
porque sus atardeceres
caen en esta laguna
donde las garzas vuelan.
Otras aves desgarrarán
el pecho de la aurora.
Una mujer se viste y se desviste
con sus ropas de verano.
Pariente de sà misma en el espejo,
enemiga del frÃo,
húmeda cicatriz donde me hundo,
evoco su cintura,
los ardientes metales
de sus nalgas.
Desconcertado el tiempo se acurruca
en este anochecer de Villahermosa.
He sembrado mi nombre
en la tierra dorada
donde habitan tus besos
y canta la esperanza.
Mujer de dulces frutos,
caÃda y levantada
una y mil veces más
por mi amor sin mañana.
He sembrado en tu vientre
mi infinita nostalgia,
y mis sueños perdidos,
para que en tus entrañas
sientas que noche y dÃa
te canta mi esperanza.

