2007Julio - Poesia y Poemas










Maligna como palabra de oro esta noche comienza.
Comemos las manzanas de los mudos.
Hacemos un trabajo que bien puede dejarse a su fortuna;
en pie permanecemos en el otoño de nuestros tilos, como rojas
banderas pensativas,
como abrasados huéspedes del Sur.
Juramos por Cristo el Nuevo desposar el polvo con el polvo,
el pájaro con el zapato vagabundo,
el corazón con la escalera de agua…
Hacemos ante el mundo los santos juramentos de la arena,
juramos con gusto,
juramos en voz alta desde los techos del sueño sin imágenes
y agitamos la blanca cabellera del tiempo…

Ellos nos gritan: ¡Blasfemáis!

Desde hace tiempo lo sabemos.
Desde hace tiempo lo sabemos: ¿qué importa?
Vosotros moléis en los molinos de la muerte la blanca harina de
la Promesa
y la ofrecéis a nuestros hermanos y a nuestras hermanas.

Nosotros agitamos la blanca cabellera del tiempo.

Vosotros censuráis: ¡Blasfemáis!
Lo sabemos de sobra,
que venga sobre nosotros la culpa
que venga sobre nosotros la culpa de todas las señales de peligro,
que venga el mar burbujeante,
el viento acorazado del retorno,
el día de la medianoche,
que venga lo que no ha sido todavía.

Que venga un hombre de la tumba.

Versión de José Ãngel Valente




El aliento nocturno es tu sábana,
la tiniebla se acuesta a tu lado.
Los tobillos te roza, las sienes;
te despierta a la vida y al sueño,
te rastrea en el verbo,
en el deseo, en las ideas,
duerme con cada una de ellas
y te atrae con halagos.
Te peina la sal de las pestañas,
te la sirve a la mesa,
les escucha a tus horas la arena
y la pone a tu alcance.
Y aquello que era cuando rosa era,
sombra y agua, te lo escancia.

Versión de Felipe Boso




Deportado al campo
de la huella infalible.
Hierba escrita: dispersa. Las piedras,
blancas,
y las sombras de los tallos:
¡No leas más -mira!
¡No mires más -camina!
Camina, tu hora
no tiene hermanas, tú estás-
estás en tu casa. Una rueda gira,
lenta, desde sí misma; sus rayos
ascienden,
ascienden por el campo oscuro, la noche
no necesita estrellas, en ninguna parte
preguntan por ti.

En ninguna parte
preguntan por ti.
El lugar, donde estaban,
tiene un nombre -no
tiene ninguno. No estaban allí. Algo
estaba entre ellos.
No veían al través.
No veían, no,
hablaron de
palabras. Ninguna
despertó, el
sueño
se les vino encima.

Se les vino encima
En ninguna parte preguntan-
Soy yo, yo
estaba entre ellos,
abierto,
audible, yo les di la alarma, su aliento
obedeció, soy el mismo, todavía;
sí, ellos duermen.

Soy el mismo, todavía.

Años,
años, años, un dedo,
palpa abajo, arriba,
palpa alrededor:
suturas palpables, aquí
se abren, aquí
cicatrizan de nuevo -¿quién
las cubrió?

¿quién
las recubrió?
Venía, venía,
venía, una palabra, venía,
venía a través de la noche,
quiso resplandecer, quiso resplandecer.
Ceniza.
Ceniza, ceniza.
Noche.
Noche-y-noche. -Acude
al ojo, al húmedo.

Al ojo
acude,
al húmedo-
Huracanes.
Huracanes de siempre,
torbellinos de átomos; lo otro,
tú lo sabes,
lo leímos en el libro,
era era sólo apariencia.
Era, era
sólo apariencia. ¿Cómo
nos asimos -con estas manos?
Estaba escrito que.
¿Dónde? Tendimos
encima un silencio
nutrido con veneno, inmenso,
un
verde
silencio, una hoja como un cáliz,
una idea adherida a lo vegetal,
verde, sí,
adherida, sí,
bajo el cielo maligno.
Adherida, sí,
vegetal.
Sí.
Huracanes, torbellinos
de átomos: quedó
el tiempo, quedó,
de intentarlo en la piedra-,
ella fue hospitalaria,
no cercenó la palabra.
Qué holgadamente vivíamos:
Granulada,
granulada y fibrosa, cualiforme,
compacta;
ubiforme, irradiada, reniforme,
aplanada,
aglomerada, esponjosa, ramificada-:
no cercenó la palabra, habló,
habló suavemente a los ojos secos,
antes de cerrarlos.
Habló, habló.
Era, era.
Nosotros
no cedimos, estábamos
en medio, una estructura porosa,
y llegó.
Se nos vino encima,
se abrió camino, zurciendo
invisible, zurciendo
hasta la última membrana
y
el mundo,
un millar de prismas,
cristalizó, cristalizó.

Cristalizó, cristalizó.
Entonces-
Noches, sin mezcla. Círculos
verdes o azules, rojos
cuadrados: el mundo
pone su entraña
en juego
con las horas inéditas.- Círculos
rojos o negros, claros
cuadrados: no hay sombras
en vuelo,
planchetas, ningún almahumo
asciende y participa
en el juego.

Asciende
y participa en el juego.
Cuando huyen las lechuzas,
en la lepra petrificada,
en nuestras manos en fuga,
en la última abyección,
en la red caza balas
del muro derruido:
visibles de nuevo:
los surcos,
los coros antiguos,
los salmos. Ho, hosanna.
Entonces
hay aún templos en pie.
Una estrella
quizá da luz todavía.
Nada,
nada se ha perdido
Hosanna.
Cuando huyen las lechuzas, aquí,
el diálogo -gris como el día-
en las huellas del agua subterránea.

(Gris como el día,
en las huellas
del agua subterránea.
Deportado al campo
de la huella infalible:
Hierba.
Hierba, escrita: dispersa.)




Junto a mis piedras
crecidas bajo el llanto
tras las rejas,

me arrastraron
al medio del mercado,
allá,
donde se iza la bandera, a la que
no he prestado nunca juramento.

Flauta,
flauta doble en la noche:
piensa el sombrío
y doble rojo
en Viena y en Madrid.

Pon tu bandera a media asta,
recuerdo.
A media asta
hoy y para siempre.

Corazón:
dalo también aquí a conocer,
aquí, en medio del mercado.
Haz que resuene, el shibboleth,
en lo extranjero de la patria.
Febrero. No pasarán.

Unicornio:
sabes de las piedras,
sabes de las aguas,
van,
te llevo
hacia las voces
De Extremadura.

Versión de José Ãngel Valente




Ya nadie nos moldea con tierra y con arcilla,
ya nadie con su hálito despierta nuestro polvo.
Nadie.

Alabado seas, Nadie.
Queremos por tu amor
florecer
contra
ti.

Una nada
fuimos, somos, seremos,
floreciendo:
rosa de
nada, de nadie.

Con
el pistilo almalúcido,
cielo desierto el estambre,
la corola roja
de la palabra purpúrea que cantamos
sobre, o sobre
la espina.

Versión de José Ãngel Valente




Quien se arranca el corazón del pecho en la
noche, quiere alcanzar la rosa.
Suya es su hoja y su espina,
a él le deposita la luz en el plato,
a él le llena los vasos de aliento,
a él le susurran las sombras del amor.

Quien se arranca el corazón del pecho hacia la
noche y lo lanza a lo alto,
ése no yerra el blanco,
ése lapida la piedra,
a él le suena la sangre del reloj,
a él le quita su hora con un golpe el tiempo de
la mano:
él puede jugar con pelotas más bellas
y hablar de ti y de mí.

Versión de Jesús Munárriz




La hierbabuena del amor ha brotado como un dedo de ángel.

Créelo: de la tierra despunta, además, un brazo torcido de silencios,
un hombro abrasado por el calor de las luces apagadas,
un rostro con los ojos vendados por el negro velo de la mirada,
un ala grande de plomo y otra de hojas,
un cuerpo agotado en el reposo bañado por aguas.

Verlo flotar entre las hierbas con alas desplegadas,
ascender por una escalera de muérdago hacia una casa de cristal,
en la que deambula a grandes pasos una planta de mar.

Creer que es ahora el momento de hablarme entre lágrimas,
de ir descalzos a su encuentro, para que te diga lo que nos está
reservado:
el luto sorbido del vaso o el luto sorbido de la palma de una mano-
y la planta loca adormecerse al oír tu respuesta.

Suenan chocando en la oscuridad las ventanas de la casa,
confesándose también lo que saben, pero sin lograr comprender:
nos amamos o no nos amamos.

Versión de Andrés Sánchez Robayna



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