2007Agosto - Poesia y Poemas
MIRÉ un rayo de sol,
combado en el azul, hasta la tierra,
y allà vi un pájaro atrevido:
¡oh, qué encantado y dulce!
Bajábase y subÃa, parpadeaba, en cÃrculos
volaba por el rayo de soleada niebla,
con sus ojos de llama y con su pico de oro
y todo su plumaje de amatista.
Y asà cantaba: «¡Adiós! ¡Adiós!
Lo que sueña el amor se cumple raramente.
Las flores no se quedan nunca, nunca;
no permanecerán las gotas de rocÃo.
¡Oh, mayo, mayo dulce:
ya es hora de partir!
Iremos lejos, lejos,
¡iremos hoy, hoy mismo!»
Versión de Mà rie Montand
¡Oh! Dadme, libre ya de esta escena sin alma,
escuchar a aquel músico viejo, ciego y canoso,
a quien, desde los brazos del alma, besé un dÃa:
sus aires escoceses y sus bélicas marchas,
a la luz de la luna, en perfumada noche
de estÃo, mientras danzo junto al heno esparcido,
con chicas que sonrÃen entre un brillo de bucles.
O, si el ocaso pone su púrpura en remansos
del lago en calma, terso, dejadme que me esconda,
sin ser visto ni oÃdo, tras los alisos. Flota,
atada a sus raÃces una lancha de pesca,
y en su asiento atildado descansa Edmundo y deja
que le mezca la lancha perezosa, y arranca
a su flauta una música tan ardiente y tan triste,
que unas lágrimas dulces en el rostro le tiemblan.
Y si corre, Ana mÃa, el viento de la noche
y la ráfaga hiciese crujir el cobertizo
y chillar agriamente al gallo, entre la lluvia,
¡qué bueno oÃrte alguna balada triste, triste,
de un náufrago perdido, que flota en la tormenta
y a quien, bajo la arena, su viejo amor sepulta!
OÃrte, ¡oh, delicada mujer! , pues tu voz guarda
todas las melodÃas y goces melancólicos
de la Naturaleza: de pájaros y de árboles,
del quejumbroso mar en las cavernas verdes,
y música y murmullo de donde tiembla, rÃgida,
al súbito airecillo, la hierba en los brezales.
Versión de Mà rie Montand
Poema sin orden, escrito en la Navidad de 1794
Este es el tiempo en que la voz de la adoración,
que es divina para el oÃdo, me levanta
como con la trompeta de un ángel; y accediendo
y mezclándome con el coro, casi creo ver
la muchedumbre celestial que cantó el himno
de la paz sobre los campos de Belén.
Pero tú eres más luminoso que el resplandor de los ángeles
que anunciaron tu nacimiento; tú, varón de dolores,
¡despreciado Galileo! Porque lo Grande
e invisible (que sólo percibimos por sÃmbolos)
con extraña e insuperable luz
brilla desde el rostro del justo y oprimido
cuando, sin cuidar de sÃ, el santo flagelado
compadece al opresor. ¡Hermosa la miel
del viernes, el bosque, el mar, el sol, las estrellas,
huellas de su Señor Creador! (…)
Versión de Gabriel Insuasti
A Charles Lamb, de la Casa de la India, Londres
Ya se han ido y aquà debo quedarme,
a la sombra del tilo que es mi cárcel.
Afectos y bellezas he perdido
que serán intensos recuerdos cuando
la edad ciegue mis ojos. Mientras tanto
mis amigos, que acaso nunca encuentre
de nuevo por los campos y colinas,
se pasean alegres, tal vez llegan
a ese valle boscoso, estrecho y hondo
del que yo les hablé y que sólo alcanza
el sol del mediodÃa; o a ese tronco
que se arquea entre rocas como un puente
y ampara al fresno sin ramas y oscuro
cuyas escasas hojas amarillas
no agita la tormenta pero airea
la cascada. Y allà contemplarán
mis amigos el verde de las hierbas
desgarbadas -¡fantástico lugar!-
que se comban y lloran bajo el borde
de esa arcilla morada.
Ya aparecen
bajo el cielo abierto y de nuevo ven
la ondeada y magnÃfica extensión
de campos y colinas, y el mar
quizá con un navÃo cuyas velas
alegran el azul entre dos islas
de penumbra violácea. ¡Y caminan
alegres todos, pero tal vez más
mi bienaventurado Charles !Pues muchos años
has anhelado la naturaleza,
recluso en la ciudad, sobrellevando
con alma triste y paciente el dolor,
el mal y la calamidad (…)
Versión de Gabriel Insuasti
(fragmento)
ENTRE juncias y espinas, maleza enmarañada,
camino a duras penas; me encaramo o desciendo
por las peñas desnudas o musgosas, hollando
con loco pie las bayas de púrpura, y, a veces,
invisible apresúrase, entre las hojas mustias,
con un leve rumor, la culebra. y avanzo
sin saber hacia d6nde. Un alborozo nuevo,
dulce como la luz, pronto como una brisa
de estÃo y jubiloso como el primer nacido
de abril, me llama, lejos, o en pos de mà se viene,
mi camarada y guÃa. MitÃgase mi ardiente
querer, y ya soy libre. Con roja y cenicienta
corteza, los abetos y el roble desmedrado,
de esa maraña loca de helechos y de arbustos
emergen, y entrelazan su techo melancólico,
muy alto, que murmura como una mar lejana.
Pudo aquà refugiarse el Dolor, la Prudencia
o el desechado amante que, con el alma enferma
y harto del corazón humano y de sus cuitas,
rinde culto al espÃritu de la inconsciente vida
en árboles y flores silvestres. ¡Dulce loco!
Pudo aquà no perder del todo su existencia,
ya que no ser querÃa:
mas lograrla un ser que no conoce,
en el viento o las aguas o las peñas desnudas.
Mas no llegue hasta aquà tu contagio, ¡oh, cuitado!
No hay bellos senderillos de mirto, y esas frondas
al Amor nunca vieron. Pues si, con pesadumbre,
hasta aquà se perdiera, los troncos lastimaran
su delicado pie, zarzarrosas y espinos
despeinaran sus plumas. Como un pájaro herido,
presa fácil le hicierais, ¡oh ninfas, oh modestas
oréades y drÃadas, que vais con el crepúsculo!
Y las brisas terrestres, que hacéis, muy de mañana,
temblar en mallas tenues las gotas de rocÃo
y vosotros, los aires sin alas, deslizándoos
entre rÃgidos tallos del brezo y la mordida
aliaga, a cuya sombra escasa, en el estÃo,
dejó la oveja madre la forma de su lecho-
los que ahora su lana refrescáis con relente
y susurráis, cansados, al cordero que nutre.
¡Oh, elfos, dadle caza! ¡Idle en pos, enanitos!
Con espinas más finas que sus dardos, burlaos
de ese divino infante, logrando que a la fuerza
se deslice entre zarzas y dé contra un erizo(…)
Versión de Mà rie Montand
EN Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allà donde discurre Alfa, el rÃo sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y habÃa allà jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecÃa,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.
¡Oh sima de misterio, que se abrÃa
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espÃritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hÃzose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro rÃo.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado rÃo por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.
La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allà se oÃa aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!
Un dÃa, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecÃa
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodÃa potente y sostenida
alzarÃa en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verÃan
y todos clamarÃan: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres cÃrculos trazad en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del ParaÃso».
Versión de Mà rie Montand
¡SICÓMORO, a menudo con música de abejas!
Tales tiendas querÃan los Patriarcas. Cubran
esas añosas ramas intactas largo tiempo
la taza pequeñita y redonda, que ampara
de las hojas caÃdas una piedra. y envÃe,
tranquila como el hálito de un infante dormido,
primavera esas aguas frÃas al caminante,
con palpitar seguro y suave. Que no cese
el cono de arenita en su mudo danzar,
al fondo, como un paje de los Ellos, pues baila
ahora, tan menudo y alegre como ellos,
sin turbar a la fuente en su tersura clara.
Aquà hallarás frescor y crepúsculo y musgo,
un blando asiento y una sombra profunda y vasta.
Más árboles no busques: ni lejos los verÃas.
Bebe, pues, peregrino, y descansa. y si tienes
muy limpio el corazón, también podrá tu espÃritu
refrigerarse, oyendo algún sonido dulce
de las brisas o las abejas murmurantes.
Versión de Mà rie Montand

