2008Enero - Poesia y Poemas
Se abre, meandro de esplendor;
palpitante, desde su centro me incita,
me ruega, no tardes tanto, ven…
Fuego terso, rÃos de lava dulce,
algodón, filamentos desprendiéndose,
blando espacio que desaloja su vacÃo,
su creciente plenitud,
noche tornándose soleado deleite crepuscular,
complacida expectación,
apaciguada brasa.
Somos trayecto, armonÃa en expansión,
leche y miel bÃblicas
desbordándose,
vuelo a ras,
caÃda,
llegada.
A Tatiana, mi primera hija
El dÃa es gris
y están frÃas mis manos
cuando a través de la ventana
veo agitarse los rosales
en el jardÃn
azotado por el viento.
Empieza a llover
como un lento aprendizaje
de la naturaleza
hasta que la oscuridad
que ha ido creciendo
entra en mi ánimo.
Oigo un suspiro
leve
a mis espaldas
y me doy vuelta
buscando recuperar el tiempo
de la alegrÃa
en el espacio exacto
que ocupa el pequeño bulto
animado
sobre el tapete.
En su rostro pálido me veo repetido
y pienso que esa sonrisa suya
inocente
es capaz de mover el mundo
en que me muevo
iluminándolo
hasta cortarle las alas
a la tristeza
y restaurar mil veces
el genuino rostro
de la paz.
Para Leland H. Chambers
La angustia es siempre
indocumentada ave
que se aposenta
mirando ansioso a todas partes.
Sólo al mirarse de frente
en el trémulo pozo del alma
hasta embarrarse de luz
la médula del ser
brota un largo beso de sombras
permeado de Ãgneas ráfagas
que son alas de una gran emoción.
Comprendemos maravillados
que a fin de cuentas
por encima de todo
sólo el amor nos salva.
Denver, Colorado
24 de abril de 1988
Hay resquicios como encendidos rescoldos
y rescoldos que son presencias sinuosas
que cotidianamente nos habitan.
Viven en nosotros alimentándose de sà mismos,
de lo que fuimos, de lo que alguna vez
volveremos a ser, bueno o malo.
Sólo somos sus impávidos anfitriones,
incubadoras, matrices donde a veces van creciendo
y cuando en los resquicios los rescoldos
se inflaman, se ponen al vivo rojo,
en los rescoldos los resquicios se destemplan, se exacerban,
pueden salirse de madre.
Entonces hacemos cosas inauditas, acaso terrible:
y nadie nos conoce ya, ni nosotros mismos
nos reconocemos. Porque una sola masa informe,
magma atroz, puro caos, nos desquicia.
Porque ahora es antes y antes después y siempre,
y todo terriblemente diferente, porque todo
es turbio en su inexorable lógica expedita,
porque nada entendemos ya o tal vez demasiado,
y siempre, siempre hay consecuencias…
Las dudas surgen -trenzadas- de las dudas;
la tenaz certidumbre, del amor.
No dudes más, confÃa.
Come de mi mano, paloma;
de mi cuerpo, antropófaga.
Aliméntate de mÃ.
Que yo sea
hostia
consagrada
en tu altar.
Fluyen en la mente
como peces
enfilando
hacia ignota carnada
y no se detienen
a respirar
ni cuando duermes
porque eres una máquina
perfecta
que sólo habrá de suspender
su ritmo
al final
de la última jornada.
I
Como pechos violentos desbocados
hacia manos disponibles, temblorosas;
hacia labios cuyo asedio ya no es necesario.
Como risas desatadas por las noches
cuando llueve y corriendo por las calles
destilamos efÃmera alegrÃa.
Como flores contráctiles extrañas
halladas de repente
donde uno menos las espera
-¿en el fondo de un sueño?-
y su presencia nos seduce
aún al despertar.
Como sendas que nos llevan
a sitios impensados
en donde ocurren hechos
ajenos a nosotros,
pero ya no deseamos regresar
o no nos dejan.
Como soltamos las amarras,
el pelo, las ropas asfixiantes,
los deberes que se asumen por costumbre
cuando anochece una mañana
o al mediodÃa caen pájaros gorjeando calamares
desde un cielo enrarecido de presagios.
Asà son los extravÃos de esta historia
que me teje a su antojo
y me despeña
de mà mismo
cuando encuentro tan cambiado
aquel rostro del espejo,
las viejas fortalezas
del espÃritu.
II
No hay secreto sin destino.
y sin embargo me contemplo otro
al perderme en el temblor de lÃneas
no siempre paralelas,
más bien convergentes,
que apuntan hacia un final
en cuyo vértice
-incógnita abierta-
puede esperar cualquier cosa:
Dios, la tragedia,
la nada sin fisuras
o una pequeñÃsima gota
de plenitud
en tus brazos.

