Mil novecientos cincuenta y nueve - Poema de Andres Trapiello . Encuentra y comparte los poemas de Andres Trapiello Tenemos cientos de poemas de familia, religiosos, para enamorados de amor , de amistad , infantiles, todos por autor. Sigue disfrutando de este/a Poeta con alguno de sus otros poemas: La carta - La casa de la vida - La vida fácil - Nada - Para un combatiente del Ebro - Preferencias - Reencuentro con el otoño - Retrato de mi padre -




Poema del Autor/a: Andres Trapiello


Nombre del Poema: Mil novecientos cincuenta y nueve


1959

Enfrente de la plaza de frondosos castaños
hubo un día un hospicio. El caserón tenía
el muro de las cárceles y la melancolía
de los buques fantasmas, misteriosos y extraños.

Yo era muy niño entonces. Mi madre me llevaba
las tardes de domingo de visita a la abuela
y al capellán, mi tío. Se bebía mistela
en diminutas copas y de todo se hablaba.

Era un lugar siniestro donde olía a pobreza,
a tabaco, a sotana, pero entraba un sol suave,
dulce y desanimado que abría con su llave
las prodigiosas cuevas de aquella fortaleza.

Por entonces no había ya ningún hospiciano.
Vivían los dos solos entre orfanales ecos
de sombras y silencio y de sus pasos huecos
brotaba el rumor muerto de un armónium lejano.

Aunque me daban miedo, y cuánto, los pasillos
anchísimos y largos, el negro refectorio
o la escalera, el mísero y glacial dormitorio
con altos ventanales de polvorientos brillos,

aunque temblaba , digo, me pasaba la tarde
encerrado en mi cuarto preferido, una sala
que daba a un patio oscuro cuya única gala
era esa luz felina, agrisada y cobarde.

Aquélla era la sala en la Diputación
guardaba tras las fiestas gigantes, cabezudos…
Yo admiraba sus caras hechas de sueños mudos,
de cólera y de risas, de trampa y de cartón.

¡Con cuánta lentitud el tiempo se frenaba!
La Tarasca caída llena de palitroques,
arlequines, bufones, falsos mozos de estoques…
Todo cuanto pasó y entonces no llegaba.

Al regresar a casa siempre había llovido
y en el jardín de enfrente cogían caracoles
unos hombres terribles, prendían los faroles
y los últimos pájaros retornaban al nido.

Cuando murió mi abuela, me vistieron de luto
y tuve que besarla. Estaba amortajada
con sayal terciario y el frío de la nada
selló también mis labios de nada y de absoluto.

Enfrente de la plaza y del viejo convento
hubo un día un hospicio. Es todo cuanto pueda
tener o recordar, la gastada moneda,
las máscaras, el miedo, los despojos del viento.



December 6th, 2012

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