poemas angel campos pampano - Poesia y Poemas










Concededme siquiera este refugio, este lugar al sol donde escribir sin culpa, libremente, donde cada palabra sea un acto de amor que se hace piedra, flor del sueño, sed de nubes. Siquiera este refugio, esta orilla secreta, donde todo es más fácil.




Hay un camino fugaz en cada página, una palabra inaugural, un acorde medido, casi inaudible, que subraya el ritmo de los días y se adentra en ti y te sostiene. Y hay otras palabras -escribió Cesariny- que nos suben ilegibles a la boca, palabras imposibles de escribir, palabras maternales, soledad deshecha.




El espejo prolonga el enigma inicial de la mirada. La figura reconoce la soledad del que llega, de quien busca adentro una coartada para seguir, de quien sabe que el espejo no es sino la imagen de otra imagen, un espacio irreal, confuso, como la propia vida. Su sombra adopta entonces la hechura de otra sombra.




Hoy, habitada la casa, descubres el asombro que la manden firme, en pie. Y aunque no lo recuerdes, unos ojos dormido ocupan sus salas, unos ojos dormidos en mitad de la noche como la huella imprecisa de la luz de un relámpago, como un gesto fiel que sólo sabe de ti por su silencio y que reclama una nueva lectura o que quizás tan sólo espera ser escrito para ser de otro modo finalmente.




El secreto del aire se cifra en la cal enlucida del muro. Piedra sobre piedra, en el muro reconoces la luz del día, el agua de la lluvia, la sombra vertical de los veranos. Tu nombre, escrito desde hace años sobre el muro, se agrieta por momentos y tiende a desaparecer. Deletreo no obstante el sosegado aliento de sus sílabas que apenas si pueden ser leídas y pienso -razón de tu memoria- cómo colmar este paisaje que en lo blanco se cumple, con qué crear de nuevo la vida que le falta…

Un pájaro humilde y silencioso anida más arriba, bajo el alero.




El cuerpo se acomoda a la secreta lascivia de las cosas, a su pobreza más íntima. Su morada es lugar de nacimiento, fulgor del día, voz inicial que se entreabre al sol de la mañana. La casa fue siempre el encuentro de la tierra y el agua, un fruto que germina con la luz y como el árbol se yergue vertical, insobornable.




Construida la casa, qué queda sino aguardar ante su puerta un efecto de luz, una voz que desde dentro te llame y cubra, como un presentimiento, la honda distancia que separa tu nombre de otros nombres.

La casa sola, geometría del aire, describe la razón de la escritura, la herida intacta del silencio.



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